Luciérnagas
Hace algún tiempo, cuando leí que las luciérnagas están en peligro de extinción por la pérdida de su hábitat, la contaminación lumínica y el uso de agrotóxicos cada vez más extendido, no pude contener las lágrimas.
La bioluminiscencia de las luciérnagas me lleva a uno de los recuerdos más lindos y vívidos de mi infancia. Eran finales de los años 80 o principio de los 90. En mi casa de la niñez todavía vivíamos toda la famiglia unita: mamá, papá y los 3 hermanos. Yo habré tenido 3 o 4 años, y por ende mis hermanos 8 y 14 aproximadamente. Era una casa modesta, hecha de a puchitos, con techo de chapa. Tenía dos habitaciones: en una dormían mis viejos y en la otra mis hermanos y yo. Los dos varones compartían una cama cucheta y yo una cama individual, mesita de luz mediante. El recuerdo acontece en un día de verano santafesino, húmedo e insoportable. Nosotros en nuestro cuarto nos refrescábamos con un turbo rojo y viejo que nos había prestado mi abuelo, que prendíamos con la ayuda de un lápiz, empujando las aspas para que arranque. Era una odisea ver para qué lado apuntaba el turbo, porque para el lado que fuera alguno de los 3 se iba a quejar de que no recibía ni una gota de aire. En aquella época los cortes de luz en verano eran la normalidad y, como acontecían con regularidad, no sé si esta imagen en mi recuerdo era algo recurrente o es un momento pausado en el tiempo. Recuerdo el corte de luz repentino en mitad de la noche, la sábana pegada en la espalda en cuestión de segundos, el refunfuño de los viejos levantándose a las puteadas, y nosotros uno a uno tanteando sus voces en la oscuridad. En mi recuerdo terminábamos todos en calzones y camiseta en el patio. Desplegábamos los sillones y reposeras desvencijados y nos acomodábamos debajo de la parra, abanicándonos con diarios o repasadores o lo que encontráramos a mano. Mi vieja con el matamoscas en mano sopapeando los mosquitos. Recuerdo los pelos pegados en la nuca y en las sientes, los suspiros, la proliferación de insultos. El patio era modesto, como la casa. Las paredes descascaradas, los ladrillos colorados a la vista, el piso de cemento o de “porlan”, el galponcito de las chucherías en el fondo, lleno de telarañas, el lavarropas codini, y el kohinoor color té con leche con la tapa rajada. A veces se armaba una pelopincho que ocupaba el 95% de la zona de paso. En este recuerdo no la veo. Estaba el patio despejado. En la oscuridad de la noche sólo se divisaban las estrellas y unos destellos parpadeantes que se movían en el espacio frente a nosotros. Cuando aparecían, cesaban los improperios y se detenían los abanicos y el revoleo de manos. Todos nos quedábamos mudos y totalmente quietos, para no ahuyentarlos. De repente el patio deteriorado se adornaba con guirnaldas de luces titilantes. Las luciérnagas invadían nuestra visión y el tiempo se detenía. El quilombo, el malestar, el calor, las palabrotas, todo cesaba. Todo el aire se embellecía con la presencia de “los bichitos de luz”.
Enterarme que es muy posible que en el corto plazo estos maravillosos seres parpadeantes dejen de existir me produjo una tristeza fenomenal, una pesada nostalgia. Si bien hace añares que nos los veo en el patio de la casa de mi infancia, ni en el patio de ninguna casa, como tantos otros bichitos que habitaban mis anécdotas de la niñez, la noticia de su desaparición me afectó muy personalmente. Su extinción me parece un presagio de un fin más amplio, más abarcativo. El fin de ese recuerdo de belleza destellante, de la niñez austera, de la felicidad simple detenida en el tiempo.

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